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ARTE Y TERAPIA

jesusmc | 09 Abril, 2009 07:42

 

Artículo Publicado en el suplemento Cultura´s de La Vanguardia Nº 354   1 de Abril 2009 

Arte y transformación

JESÚS MARTÍNEZ-CLARÀ

Cuando el poeta H. W. von Kleist y Henriette Vogel se suicidaron el 21 de noviembre de 1811 en un pinar, junto a un lago cerca de Postdam, se pusieron los cimientos del arte contemporáneo.

 Se inauguraba un modo de entender el arte que nada tenía que ver con el pasado. Nunca nadie, hasta la llegada a la escena del movimiento romántico, había convertido la desdicha y la desgracia individual en motores del arte. No fue un momento, ni un episodio, fue la apertura hacia el sentimiento interior, la lamentación y la melancolía. De ese baúl recién abierto por los dos amantes, salió lo más doloroso de la condición humana y, desde entonces, no puede existir la noción de arte sin que aparezcan los conflictos en torno al conocimiento de todo lo que nos perturba: la identidad, el cuerpo, la forma, el amor o la muerte.  Desde hace 200 años hemos oído hablar de esteticismo y decadentismo en el siglo XIX, de pesimismo existencialista en el XX, de la crítica freudiana que pronunció su profecía sobre el malestar y las pulsiones íntimas, hemos atendido a los corrosivos augurios nihilistas de Cioran. Más recientemente, Harald Szeeman, en la Fundació Miró (2004), propuso el dilema: La belleza del fracaso... el fracaso de la belleza,muestra en la que hizo fortuna la frase del artista croata Jokanovic: "Si buscas el infierno pregunta al artista dónde está...".

 

 

 En estos últimos años, se ha llegado al cenit del progreso postindustrial, a la cima de la complejidad conceptual y, sin embargo, casi sin darnos cuenta, la revolución cibernética convive con el dolor y la crisis; hoy, ya no se habla de la tan anunciada muerte del arte, sino de la muerte en el arte. Es indudable que los artistas son seres lúcidos que de un modo privilegiado captan los sutiles indicios del malestar, tal como se afirma en un momento de la película de Scorsese sobre el genio de Minnesota: "La poesía de Bob Dylan nace de una dolorosa conciencia de la tragedia que subyace en la condición humana contemporánea".

 

 Cuando el arte se emancipó de su función mimética o ideológica, los artistas encontraron su auténtica naturaleza, se recuperó la figura del artista tal como había sido en el principio, es decir, como alguien que poseía claves sobre la existencia y un extraño poder. Desde las lejanas acciones dadaístas de Duchamp pasando por las performances del grupo Fluxus o por Joseph Beuys, nos hemos encontrado con unos modelos de artistas que la crítica de arte no ha dudado en calificar de chamánicos y ha empezado a plantearse que estaba ante un fenómeno nuevo que no aceptaba las sofisticadas estrategias del pensamiento lógico.

  Las obras de Antoni Tàpies, Evru y Gabriel, aun siendo muy diferentes entre ellas, poseen la intuición como valor, un instinto que actúa siempre sobre algo que les sucede y nos afecta. Un don augural que periódicamente los lleva a exponer al mundo sus hallazgos sobre cualquier aspecto de la vida que invocan con nombres, palabras y gestos formales enigmáticos, ejecutados con precisión. El arte contemporáneo se funda sobre el dolor, pero, a su vez, posee el antídoto eficaz que se encuentra en su propia práctica, augura renovación y felicidad.

 

 Hay algo común a los tres citadosy es que ninguno de ellos discrimina ente la inteligencia formal y la inteligencia conceptual,ahí se encuentra parte del remedio de sus obras, porque han sabido encontrar la expresión correcta, una concordancia exacta entre instrumento y fin que multiplica el efecto, además conocen la manera adecuada de hacer inmanente lo trascendente. Sus caminos no se detienen en la mera contemplación quietista, sino en un modo de vivir esforzado, austero, que les permite una actividad constante para hacer visibles sus intuiciones. El artista hace, resuelve, toma decisiones, yeso le da fuerza para resistir.  

 

 

En el caso de Tàpies su palabra plástica, su intuición creativa, confirman la ilusión que ha tenido siempre: ser útil a la sociedad y a las personas. Tàpies, con su actitud y con su obra, nos ofrece señales que, si se saben interpretar, se convierten en guías ejemplares de comportamiento. El esfuerzo y la voluntad es algo común a los buenos artistas, pero es especialmente relevante en alguien que a su edad manifiesta una vitalidad constante, la voluntad de continuar en el camino como el que tiene algo que quiere compartir o una misión que cumplir. Tàpies reconoce que quiere hacer un arte útil en una etapa de su vida en la que él mismo dice que "está desnudo de prejuicios y con más ilusión que nunca" y que "nunca se ha sentido tan libre". En este estado de necesidad, aparece el artista como alguien capaz de actuar sobre la realidad, capaz de cambiarla y ser útil, capaz de transformar y transformarse, y por qué no, incluso de curar.  

 

 

Evru, con sus tres mutaciones en vida, Porta / Zush / Evru, se ha propuesto algo así y nos anuncia desde su instalación interactiva en la Fundació Suñol (2009) que el arte "te cura". El escultor Gabriel, por su parte, va más allá del pensamiento dominador de la razón de especie; la publicación de su libro Ultra la forma autárquica (2003) fue un hito en el que demostró que hay que superar el significado convencional del arte, más allá del pensamiento común, buscando siempre efectos y transformaciones profundas. La vigilia y la concentración son estados previos a la creación, una liturgia personal que les permite una máxima y atenta concentración que también aplican a su modo de vivir. Tàpies, el mayor de los tres, vuelve a ser útil, vuelve a ser un modelo y nos enseña que, con la misma actitud de naturalidad que tenemos ante la aparición de una nueva vida, debemos celebrar su inevitable ausencia, que todo es efímero y que es posible la transformación a través del arte.         

 
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