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EL ARBOL DE LA VIDA DE TERRENCE MALICK

jesusmc | 30 Marzo, 2012 06:43

                      

     

 Pulvis est, et in pulverem reverteris, es decir : Polvo eres y en polvo te convertirás , esa era la frase que pronunciaba el cura del colegio ante mi cuando tenía 14 años. Pronunciaba esa misteriosa frase latina mientras hacia la señal de la cruz con ceniza en mi frente.  Ese rito anual, el miércoles de ceniza, ha calado fuertemente en mí. Me gusta saber que la iglesia reconoce que vengo de la tierra, del barro que soy pura materia destinada a volver  allí de donde he surgido. Ni cielo, ni redención, ni limbo, ni encuentros con antepasados y difuntos desaparecidos. Nada de Nada. 

    A  Terrence Malick, cuando fue al colegio, eso no le impresionó. A él, le gustó más pensar que hay una creación absoluta de todo en el inicio. Y que desde el inicio se encuentra entre nosotros. Por eso, el director se regodea en imágenes cosmogónicas en las que la materia y la naturaleza se forma y define. Explosiones volcánicas, profundidades abisales, germinaciones, floraciones y tormentas.  Tras el maravilloso espectáculo (todos dicen que es como un reportaje de TV 2) viene la pregunta: ¿quién es el artífice? Y él, inmediatamente, por si alguien no lo sabía o lo ha olvidado, dice que el creador de estas maravillas es Dios.        El segundo hallazgo de Malick es que tras un penoso transitar por la tierra, nos enfrentamos a todo tipo de desgracias y labores desesperanzadas: familias autoritarias, incomprensión, que hay que matar al padre, que nadie escapa a Edipo, que el malestar hormonal te hace tener sensaciones que no comprendes, que el origen incipiente de la destrucción por la destrucción  te lleva a pelear con todo lo que se mueva, que hay que romper cristales por la cara , incluso que en nosotros se encuentran incipientes instintos asesinos.      Malick, continua con su cruzada y la remata diciéndonos que por la bondad del creador, iremos a un cielo de reencuentros que él sitúa en una playa o en un delta con mucha arena, agua por los tobillos y personas paseando de aquí para allá, vagando y de vez en cuando un reencuentro con un hijo muerto o la madre difunta.    Por suerte el Papa Benedicto XVI se ha dado cuenta del error de Malick y ha proclamado hoy, el día después de que yo haya visto la película “El árbol de la vida” que:  “un agnóstico o una persona que sufre por los pecados de los cristianos, está más cerca de Dios que los fieles rutinarios, aquellos que sólo ven en la Iglesia el boato, sin que su corazón quede tocado por la fe.”      Cuando reflexiono y recuerdo, me doy cuenta que Malick nos dá la solución al principio de la película cuando la señora O´Brien nos deja escoger entre dos caminos: el de la naturaleza o el de lo divino. Cuando voy a escoger una de las dos opciones oigo una vocecita antigua que me dice: escoger es equivocarse.        A partir de ese recordado miércoles de ceniza, a mi, me sucede  como a todo  agnóstico que se precie. Es decir que humildemente declaro inaccesible al entendimiento humano el conocimiento de lo divino y de lo que trasciende la experiencia. Es decir que no niego, ni confirmo la existencia de Dios. Tan solo proclamo que soy materia destinada a la desaparición, que vengo de la materia y como mucho, si tengo suerte, alguna partícula de mi volverá a formar parte del polvo de la tierra y que si mi suerte continua, acabaré siendo un dibujo en forma de cruz sobre la frente de un adolescente desconocido.   

 

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